“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

El Vendedor de vientos (Cuento)

El hombre se sienta en un recodo del muelle.

El cuerpo, enclenque, abrigado por un montón de periódicos viejos. Debajo de su camisa, las tontas noticias de los últimos meses.

Las novedades de un día que acaban por perder todo su sentido.

El hombre se acomoda en la esquina de los vendedores.

Hay prenderos que enseñan blusas de volantes y faldas. Casi todos los marineros del puerto tienen novias por ahí; chicas suspirando o temiendo que lleguen. Es una buena idea llevarles algo bonito para que lo luzcan los domingos.

Pero este hombre ¿qué hace? No esconde nada bajo los faldones de su camisa; cosas prácticas que se vendan solas, como aguardientes, sustancias blancas o tabaco.

El gordo, que es sirio, ofrece caleidoscopios. Se ven colores, y, al fondo, mujeres desnudas de todas las clases y de todas las edades.

Frutas lascivas para los ojos ardientes.

De la derecha nos llega un olor penetrante. En aquel recodo se instalan siempre los que comercian con salazones, con peces destripados que se secan al sol. Y hay otro tenderete, en donde cabe encontrar conchas marinas, caracolillos rosados, estrellitas, objetos preciosos por si ciertas forasteras se aventuran por esta parte, que es la más humilde del puerto, la que los buscadores de lugares auténticos encuentran y exhiben, como un hallazgo. Artísticas fotografías en blanco y negro.

Hay también una mujer que escribe cartas y que cada vez tiene menos trabajo. ¿A quién le interesa ya que le cuenten por correo cosas que se pueden decir con voz propia? Dos euros la cuartilla no es mucho. Tampoco es poco, replica un tipo con pecas, al que le abulta algo en el pecho. El aparatito aplanado que suena con la música de la Guerra de las Galaxias.

Pero a quien más vemos, en quien más nos fijamos ahora, es en el viejo de la nariz gotosa. En el hombre de la nariz afilada que también tiene, por cierto, las rodillas abultadas y feas, como si fueran trozos bastos de madera.

Va a parecer increíble pero este personaje, como si se hubiese escapado de un libro de poemas de Coleridge, posee una piel encarnada; manzana puesta a macerar no digamos en güisqui porque tampoco queremos faltarle al respeto…

Y, en estos tiempos tan difíciles, de flotas amarradas e imposibles acuerdos, en esta época de fax y de televisión por cable, cualquiera diría que lo irreal no es sensato. Pero lo que es, es. Y al viejo, todos cuantos han podido enrolarse en algún barco, supongamos que canadiense, porque por aquí ya no se pesca, le piden al oído que les proporcione un viento favorable.

Antes de partir hacia Terranova, el Cabo de Buena Esperanza, el Mar de Irlanda o las islas Hébridas hay que buscar a este viejo de los vientos, para agradecerle los antiguos pronósticos; para asegurar los de los meses que vienen.

Dicen que siempre cumplió, pero quién sabe. Si por casualidad, por su culpa, usted naufraga; si acaba haciéndole compañía a los galeones sumergidos y a los profundos abismos azules, desde luego, no va a volver a pedirle cuentas.

El secreto de los vientos, de cómo hacer que se vuelvan favorables yo creo que está en su nariz. En ese poderoso aspersor capaz de domar o atraer a las galernas.

Si es más fácil poner nuestras extraordinarias facultades, en el caso de quien las tenga, al servicio del bien o del mal, eso es algo que nunca sabremos. Nos lo preguntamos pero no tenemos respuestas inteligentes que ofrecer.

Tampoco nos atreveremos a algo así como lo que a continuación va a hacer una joven de pelo azafranado.

Notemos que hay algo enloquecido en su aspecto. Observemos que se acerca y le cuenta su historia. Que su voz es un poco ronca. Reconozcamos que, finalmente, hemos incurrido en algo que está muy feo. Nos hemos acercado y nos hemos puesto a escuchar una conversación que es ajena.

La curiosidad nos mata.

Hemos oído que la joven habla de un hombre malvado.

Un alma más negra no es posible imaginar.

Ella tiene golpes en todo el cuerpo y se los enseña. De paso a nosotros, que nos avergonzamos de estar espiando y revolviendo en vidas ajenas. De forma instintiva, hemos dado un par de pasos hacia atrás.

Un aire malsano y que nunca vuelva, le ha pedido.

¿Dónde se ha visto que un buen mercader trafique con mercancía fraudulenta? Estamos espantados.

Pero ella tiene coraje y, al día siguiente, insiste.

Les parecerá raro pero allí estamos también nosotros. Es nuestro deber. Es nuestra obligación contar lo que pasa.

Y lo que ocurre es que la del pelo de azafrán lleva un niño. Un niño pequeño. Le levanta la blusita fina para que el viejo vea un rastro de lágrimas y golpes; lo más injusto, en su piel inocente.

Que nunca vuelva. Le ruega y le ruega y le suplica por tercera vez.

Nos pone en un dilema moral, verdaderamente.

Al viejo, la nariz se le torna melancólica pero la cabeza sigue llena de resistencia. Con ella deniega.

Deberíamos ser imparciales, objetivos, alguien que únicamente mira y cuenta. Pero lo que vemos es que la mujer se arrodilla. Llora.

Márchate lejos para que, cuando vuelva, no te encuentre.

Eso dice el vendedor.

De vientos sabrá mucho, pero de maridos coléricos, poca cosa.

De improviso surge una gresca. Hay navajas, gritos, heridos, sirenas. Policías que llegan.

He cometido un error de principiante. Acabo de perder a mis dos criaturas.

Doy vueltas y más vueltas, pero la noche cae, ya no hay rastro de ellas. Y, a estas horas, no es conveniente andar por los muelles, y mucho menos sola. Tendré que irme con las manos vacías.

¿Dónde se habrá metido el viejo de los vientos? ¿Y la mujer llorosa? ¿Y el pobre crío al que un marinero borracho le pegaba?

Vuelvo a casa, desolada.

Estoy tan abatida que sólo tengo fuerzas para encender la tele. Noticias tristes. Un huracán, un terremoto, un accidente de trenes, un puente que se ha partido en dos, un maëlström (¿se llama así?) que ha engullido de un bocado a todo un barco atunero.

Dolores Campos-Herrero es autora, entre otros libros, de Fieras y ángeles, un bestiario doméstico, recientemente publicado por el Centro de la Cultura Popular Canaria

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