“Surfear es bailar con las olas”. Gerry López

Visitarás ciudades de coral (Cuento)

Me contaron que en Java hay una playa en donde el mar se lleva a cualquiera que se vista de verde.

Me extrañó porque nunca había creído lo que tantas veces había escuchado pero atribuido a las costas de aquí mismo.

En Famara o en las playas del Golfo o en la antaño elegante Arrieta el agua arrastraba hasta lo profundo a las muchachas que se atrevían con el más arrogante de los colores.

Que no es el rojo como más de uno puede pensar.

Bastaba con ceñirse el pelo con una cinta del tono de la hierba para que una lengua de espuma las atrapara y se las llevara hacia quién sabe qué palacios submarinos.

“Visitarás ciudades de coral “, les decía la marea.

En los días muy luminosos, la playa de las Canteras tenía la tonalidad dorada que podía parecer del color maldito.

Y no sé. No me creía esa clase de embustes pero es cierto que, cuando caminaba con la vista puesta en la raya del horizonte, sentía el alma de la resaca como una voz. Como una fuerza que me llamaba.

Y entonces me ponía el dorso de la mano en el lugar en el que la diosa de la Justicia tiene una venda, para no ver; para no ser vista por las criaturas verdes que nos devoran como a pan tierno y bendito.

Yo, verdaderamente, no sé si nunca creí o jamás dejé de creer en esas cosas….

Como mujer cautelosa que soy, tomaba precauciones. Por si acaso. No fuera a ser.

Después ocurrió que me fui lejos y me enredé en una torpe historia.

“Criatura del bosque”, me llamaba él, sin saber que mi piel y mi cuerpo pertenecían al reino de lo húmedo; de lo salobre.

Bien, decía que me marché lejos y, en la meseta, la piel se me escamaba y los dermatólogos prudentes me recetaban cremas.

Por las noches, a veces, no podía dormirme; no podía, mudando de epidermis como estaba siempre por culpa de todas aquellas pequeñas partículas cristalizadas: la sal que se acumulaba en montoncitos.

Pero realmente supe que yo era una muchacha que no debería vestir de verde, cuando me mareé enfrente de aquel acuario.

Siempre había sentido cierta repugnancia ante un suculento plato de pescado pero, aunque, nunca había experimentado aquella sorda angustia ancestral.

Pobres peces- pensé. Y me caí al suelo redonda.

Estás muy delgada, criatura del bosque- me decía él, con un deje de preocupación.

Eso seguro que es debilidad….- porfiaba el camarero que se empeñó en echar una mano.

No acierto a explicármelo pero, en las marisquerías, los camareros son siempre solícitos.

Es el calor- los tranquilicé y me fui al lavabo de señoras a mojarme la cara.

Tenía que huir de aquel olor intenso a matanza, a mortal peste negra, a tragedia.

Pobres peces- repetí.

En el espejo de la toilette no encontré mis ojos pardos y dorados.

En su lugar, el color terrible.

Para mayor oprobio, el rubio ceniza de peluquería se estaba volviendo verde musgo.

Como el cabello revuelto de una de esas maniáticas nadadoras de piscina.

Criatura del bosque- me susurró mi acompañante al oído. Estaba aún un poco pálida cuando volví a su lado.

El parloteaba como una sepia negra pero yo no era capaz de escucharlo.

Me latía un corazón en otra parte.

Fue, cuando abrió la boca como un bocinegro que exhala su último suspiro, cuando le di un empujón y salí corriendo. Y no he dejado de correr hasta ahora mismo.

Ahora estoy de nuevo en esta orilla: perpleja, sin saber muy bien a dónde pertenezco.

Relato extraído del libro Fieras y ángeles, recientemente publicado por el Centro de la Cultura Popular Canaria

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