“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Nocturno de Las Canteras

(A José A. Otero)

Cuando miro, ya la luna está en lo alto. Cuando miro de nuevo, la marea está vacía, el viento se ha evaporado. Y si vuelvo a mirar una vez más, a riesgo de deshacer el encanto, la música del romper de las olas y las olas mismas, han desaparecido. Ya no queda blancor de espuma en la barra. Las otras olas –las pequeñas olas—mueren en la orilla, religiosas, quietas, reverentes. Lo único que se mueve en el verde-mar son los peces nocturnos que callados vienen a comer los restos de migas de pan que los niños dejan allí por la tarde. En la avenida ya casi no queda gente. Sólo algunas parejas rezagadas se demoran apoyadas en la barandilla. En su lugar, otro ruido pleno de silencios se hace dueño. Es un ritmo que viene de lejos, que ha viajado, que ha recorrido los espacios siderales y que nos trae noticias del Universo.

Aspiro el aroma marino. Cuando paseo con ese paso cansino que mis achaques me permiten, el olor a yodo, a salitre, a musgo verde-hierba que cubre el marisco, me ponen a cien. Un impulso venido de no sé dónde me atrae y me hace bajar a la playa y acercarme a la mar en la que la luna riela. Me quito las sandalias y me remango las perneras de los pantalones. Empiezo a caminar por la orilla. Es ya de madrugada. Se levanta una suave brisa. El agua que piso, ahora, débilmente chapotea. Mi estado de ebriedad se exacerba Se van apagando, una a una, las farolas de la avenida. No importa, la mar enciende otras. Siento pasos, veo sombras que se acercan o se alejan. No hallo miedo. Ahora soy yo, transparente u opaco; retraído o retador.

Doy la vuelta al pequeño cabo de Punta Brava sorteando las peñas que por allí abundan. Sigo por la playa de la Cícer hasta llegar a Los Muellitos. Allí, en ese recodo, se ha formado una playita preciosa, producto de la arena que es arrastrada por la corriente lateral de la bahía del Confital, libre ya de obstáculos. Ese rayo que desciende directamente de la Luna y que se quiebra al reflejarse en la superficie ondulada, parte la mar en dos mitades. A este lado, la mar de Alonso Quesada: los terrores, el ensueño, la barca negra. Al otro, Poseidón en su carro, la conquista de otros Mundos, el ronco rumor distante: la mar de Tomás Morales. Del Auditorio Alfredo Kraus –alguien se ha dejado abierta la inmensa cristalera del fondo del escenario– se escucha una música que se abandona a la oscuridad. Mi memoria auditiva me dice que son los famosos Nocturnos que expresan el dulce ímpetu y la pureza del precursor de Debussy, Frédéric Chopin.

Entre los dos pequeños muelles habita una fauna, si no única, sí distinta de la de Las Canteras. Son los peculiares cangrejos pardos, peludos, de aspecto fiero, que asustan a los chavales y también a los mayores. Son las conocidas jacas, peludas o no, pardas o rojas o de un anaranjado intenso, de las que se encuentran ejemplares que pueden medir más de una cuarta. Verlas después de la medianoche, a través de un agua transparente y límpida, titilando en el fondo de la charca o asomándose por entre las piedras, es cosa de magia. Si a esto añadimos los rascacios, fulas y otros pequeños peces de los fondos de la barra, los erizos, y demás animales extraños, quiere decirse que el mundo surrealista, el genuino, debió de estar poblado, en su origen, por estas imágenes vivas de la naturaleza.

La noche transcurre y yo tengo que dejar por hoy estos parajes, menos frecuentados pero no por eso menos atrayentes, de nuestra querida playa de Las Canteras. Ya la aurora debe estar despuntando, en sentido clásico, por el otro lado del istmo…

Estampas de la memoria. 02-09-00

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