Años treinta y cuarenta
Hasta la llegada del turismo, Las Canteras, durante el otoño, el invierno y la primavera, solo era disfrutada por los pocos vecinos del istmo y por los pescadores del entorno de la playa.
En los meses de verano llegaban los veraneantes desde la Ciudad Vieja y Las Canteras se animaba.
Era costumbre empezar a remojarse a partir del 24 de junio, día de San Juan.
Antes de San Juan, los niños tenían literalmente prohibido bañarse bajo «pena de maldición». Entre las amenazas más habituales estaban las de que el cuerpo se les llenaría de ronchas o llagas. Pero la más frecuente era otra: la paliza de los padres, convencidos de que el agua fría no era buena para la salud en aquella época.
Eran pocos los chiquillos que se arriesgaban a los castigos y casi todos respetaban la norma no escrita de no bañarse hasta la señalada fecha de junio.
Solo los jóvenes más atrevidos se arriesgaban a recibir una paliza. Bajaban descalzos por las calles de La Isleta, se despojaban de la ropa y, en calzoncillos, se tiraban al agua para saborear el placer del baño en las aguas de la playa de Las Canteras.
Tras el día de San Juan comenzaba «oficialmente» el verano, por lo que la playa se llenaba de familias enteras dispuestas a darse los primeros chapuzones del año. Y, como marcaba la tradición, después del primer baño había que acudir a la playa durante nueve días seguidos para darse otros tantos remojones, con la esperanza de que se cumplieran todos los conjuros y promesas para el verano que acababa de comenzar.
Varias fuentes
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