«Reboso». Cuento infantil con Las Canteras como escenario

Reboso.

La mañana clareaba, se adivinaba un día radiante, apenas corría el aire. 

La marea estaba vacía en el arrecife y como cada mañana había un gran ajetreo: sargos, lebranchos y panchonas desayunaban picoteando aquí y allá.

Aún adormilada, tumbada en un mullido colchón de algas verdes, estaba Tiziri.

Tiziri es una vieja muy joven, apenas tiene unos meses, nació hace cuatro lunas en una clara noche de primavera. Le encanta retozar entre las algas y por las mañanas remolonea hasta que el hambre le aprieta.

 

Como todas las viejas jóvenes, es parda y se camufla entre las algas. Su boca tiene el aspecto del pico de un loro, por eso a sus primos lejanos les llaman peces loro. Aquí en las islas las llaman viejas, da igual la edad que tengan.

Esa mañana, un pequeño sargo venía nadando un tanto apurado y tropezó con Tiziri.

– Huy, perdona, no te había visto, es que pareces un alga. Dijo el sargo. 

– ¡Casi me matas!, ¿a dónde vas con tanta prisa?

– Pues como todo el mundo, a refugiarme. 

– ¡Refugiarte! Exclamó Tiziri sorprendida. 

– Sí, ¿acaso no te has enterado?, se acerca un temporal con enormes olas. ¡Anda, vente conmigo!

– ¿Temporal, olas?, vaya, pues menos mal que me avisas, no tenía ni idea, ¿cómo te llamas?

– Me llamo Sifaw pero apresúrate, ya tendremos tiempo de hablar.

Pronto comenzó a notarse un gran nerviosismo en las habitualmente tranquilas aguas del arrecife. Cientos de peces nadaban a toda prisa y en todas las direcciones, algunos iban tan preocupados por ponerse a salvo que ni veían a Tiziri y Sifaw arrollándolos a su paso.

 

La marea ya había comenzado a subir, la corriente se hacía cada vez más fuerte y el agua se enturbiaba.

– ¿Queda mucho para llegar al refugio?, preguntó Tiziri jadeando.

– Queda poco, tú no pares de nadar. Le contestó Sifaw. 

Había grandes remolinos que les zarandeaban de un lado a otro, la arena del fondo se levantaba azotando su cuerpo y formando grandes nubes; las algas eran arrastradas por la corriente y a veces se les enredaban en sus aletas. Un pulpo sacaba sus rejos de la cueva en busca de piedras con las que proteger la entrada. Por todas partes se encontraban con pequeños peces acurrucados detrás de las piedras del arrecife.

Tiziri estaba asustadísima, Sifaw también pero lo disimulaba para tranquilizar a su nueva amiga.

– Sifaw, ¿crees que llegaremos?

– ¡Sin duda!, ¿ves aquellos destellos?, son sargos, es ahí,  solo nos falta atravesar este banco de arena. ¡Vamos, nada con todas tus fuerzas, no pares!

– ¡Eh, cuidado, que me dejas ciego! Dijo un cangrejo de arena que se había enterrado dejando fuera solamente sus ojos.

– ¿Qué?, pero, ¿quién habla?, preguntó Tiziri atemorizada y mirando para todas partes.

– ¡Estoy aquí, debajo de ti!

– ¡Ah, disculpe!, no le había visto. 

– ¡Grrrrr, peces!

– Vamos,Tiziri, deja a ese cangrejo gruñón, ¡nada! Dijo Sifaw.

Cuando por fin alcanzaron el refugio,  Sifaw le dijo a Tiziri:

– Tiziri, debes estar atenta, este refugio es la casa de un enorme mero, así que abre bien tus ojos.

– ¡Jo, pues vaya refugio!, ¿Me has traído a la cueva de un mero hambriento? No sé si estaría mejor fuera.

– No te preocupes Tiziri, seguro que está durmiendo.

De pronto, del fondo de la cueva comenzaron a salir en tropel todo tipo peces, detrás venía el gran mero con su gigantesca boca abierta. Tiziri y Sifaw, empujados por la desbandada, acabaron fuera de la cueva y la corriente los arrastró.

Lograron colocarse al abrigo de una gran caracola que a duras penas caminaba por el arenal.

– Conque durmiendo, pues si llega a  estar despierto… Se quejó Tiziri.

– Lo siento, Tiziri, ese era el único sitio libre que conocía, todas las demás cuevas cercanas están repletas.

– Vamos a tener que pasar el temporal junto a esta caracola…, o no, ¿qué te parece si nos metemos en esa botella, Sifaw?

– ¡Claro!, no la había visto, ¡vamos!

Dentro de la botella había una tranquilidad absoluta, allí, a salvo, descansaron y pasaron el temporal.

 

Horacio Hernández Rodríguez (Twitter @bahiaconfital)

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