“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Continuará la calima, aunque disminuirá su intensidad por la tarde

Infancia eterna

Cuando me traicionan las palabras,

y los pensamientos y las miradas

se hunden en la nada…

Entonces, hermano,

tú me sales al paso,

clareas mi espejo y vuelvo a verme

en el mar, de niña,

recogiendo lapas y caracolas.

No sabía yo que a mi lado

el mundo lloraba…

Ausente de lágrimas,

más allá de las sombras,

tu imagen me protege,

me acompaña,

me llena de presencia.

Niña soy.

Niños somos.

Nadie que haya conocido el mar desde dentro, a pie de roca, lo podrá olvidar.

Se le quedará para siempre en el alma un sabor a días sin fin, donde el horario del hambre desaparece al mirar las rocas y escudriñar los agujeros donde habitan las jacas. Los niños no lo saben, y por eso son niños, pero es una forma de vivir el instante y así escaparse de la dictadura del tiempo. En esos momentos, si se come, bien, y si no se come, también. Hay que prestar atención a la cueva, que por ahí ya sale… la antena… una pata… vamos, ni te muevas… ya es mío.

Yo nací en Palma de Mallorca. Viví toda mi infancia allí: catorce años. Recuerdo Cala Gamba… era precioso. El agua del Mediterráneo, casi un cristal de cuarzo, no parecía real, más bien parecía burlarse de nosotros, niños entonces, al mostrarnos en el espejo cómo la vida se desenvolvía sola en un arrecife del mar. Allí se las arreglaban todos con todos, más o menos, y puede que hasta con los tiburones. La veo ahora y me emociono, me acuerdo de aquella imagen, me acuerdo. ¿Dónde estás, Teresa? ¿Y los niños? ¿Y mis hermanos? ¿Y mi padre? ¿Y mi madre? Ya. Sé que no pueden volver aquellos tiempos, lo sé. Hay que aceptarlo. Pero, bueno, la escritura es así, nunca se sabe a dónde te puede llevar, te caza por sorpresa, te zarandea el corazón y te deja sin defensas por un rato.

No pensé yo que al empezar a escribir estas líneas, de repente, me invadiera el pasado y fuera a acordarme tan bien de todo, llegando a ver tan nítida aquella cala… Tenía un pequeño vivero de centollos y langostas donde entrábamos con mi padre a visitar al dueño. Es curioso que mi padre nunca nos gritaba ni empleaba con nosotros los castigos y las amenazas, pero nosotros entrábamos allí calladitos, sin que él nos dijera nada, como si se tratara de un santuario en una gruta secreta llena de misterio. El olor a marisco era genial. Ellos dos se quedaban hablando de sus cosas porque mi padre era un cocinero vasco que le compraba a diario mucho género para el Son Vida, un hotel de película donde dirigió varias brigadas de cocineros canarios en los años sesenta que llegaban del Hotel Santa Catalina para formarse en gastronomía. Recuerdo que había un tal José “el canario” que le llevaba siempre de regalo unos paquetes de gofio “La Piña” y mis hermanos y yo se lo echábamos a la leche como si fuera cola-cao. Pues bien, mientras ellos charlaban, aquel hombre del vivero nos dejaba coger las langostas con un palo largo que terminaba en una red circular. Mi hermano Juan y yo nos sentíamos como dos locos encima de un frágil puentecillo de madera donde permanecíamos horas alucinados… Bobitos del todo, de asombro en asombro, estuvimos a punto de caernos más de una vez y vernos las caras con aquellos crustáceos acorazados con garfios y pinchos.

Cala Gamba tenía una plataforma costera como La Barra de Las Canteras donde nos comíamos los erizos crudos con un chorrito de limón. Allí abundaban los caracolillos, había lapas, cangrejos, pulpos, quisquillas, peces de colores que se escondían como un relámpago. A las jacas, mi tío Iñaki me enseñó a atraparlas con las manos, pulgar e índice abiertos en forma de pinza grande, siempre desprevenidas y por detrás.

Por eso creo que aún soy una niña capaz de esperar la marea.

Cualquier marea.

Eso es importante.

Eso no se aprende en la escuela.

Eso te lo enseña un tío, un hermano, un primo, un amigo, un parasiempre.

Teresa Iturriaga Osa.

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